La ciudad que pendía de un hilo

ciudad

Habia un pulpo rosa, y del interior de un trapecio se visumbraba un mundo de flores y nubes.

Poemas para ser leídos en el subte

Adoro los pensamientos en voz alta que publica Beatriz Sarlo. Los domingos me levanto y ojeo sin interés las hojas de una revista y siempre sus títulos me llaman la atención. Me tocó estudiar algunos de sus textos para la facu, con pesadez aunque fueran super interesantes, y encontrarme con ellos en una actividad tan diaria y leerlos con el recuerdo de lo que soñe (ejercicio mental explora-sueños) es realmente hermoso.

Poemas para ser leídos en el subte
Por: Beatriz Sarlo
imagenes: tisdagsregn

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Nunca compré los poemas que ofrece una mujer de mi edad en las puertas de un gran teatro de Buenos Aires. Ella extiende su brazo ante los que pasan, con un movimiento que le he visto repetir desde hace cuarenta años, porque esa mujer entraba en los bares de la calle Viamonte que rodeaban la Facultad de Filosofía Letras a mediados de los años sesenta.

La conozco desde entonces y desde entonces me avergüenzo de no haber comprado su folleto por timidez o por descuido. Ahora es demasiado tarde, he perdido mi oportunidad. La veo con frecuencia, pero ella, sentada en el umbral del teatro, no me mira. Simplemente mira a través de los cuerpos y agita las hojas. A veces alguien toma lo que ella ofrece, pero, cuando se da cuenta de que se trata de pagar por lo recibido, se lo devuelve. No vi que nadie comprara un poema de esos. Tengo curiosidad, pero ya no podré saber qué dicen esas hojas cuya presencia entre los dedos de la poeta me ponen incómoda, como si algo que no hice en el pasado regresara como deuda.

No leeré esos versos y, si bien es improbable que sean grandes poemas perdidos, también se me ocurre que no haberlos leído, cuando me he pasado la vida leyendo muchas cosas que finalmente tampoco eran grandes, fue una especie de acto de cobardía frente a un acto que, repetido, parece insensato. Quizá lo que no quise leer fue la locura que tuve miedo de encontrar en esos textos; o quizá no los leí porque tuve el temor de que en lugar de insensatos fueran banales, es decir que el hecho excepcional de que una vida transcurra casi por completo en la calle, agitando un manojo de páginas, transmitiera la audacia del gesto pero no la de los poemas. Quiero conservar entonces el gesto, como resistencia al buen sentido conservador que rechaza las acciones repetidamente fracasadas. En cambio, compro los libros de poemas que ofrecen varios jóvenes en el subterráneo. Generalmente son antologías, y ya comenté una de ellas en esta columna.

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Folletitos casi idénticos, de tapa de cartón e interior tipeado y fotocopiado, a veces con algunas ilustraciones. No hay mucha variación y aunque me propongo coleccionarlos para tener, después de un tiempo, una muestra de lo que los vendedores eligen, porque esos libritos no son de producción masiva ni quienes los venden los han comprado antes a un “mayorista”, como los que ofrecen pilas, lapiceras, linternas o llaveros luminosos. Pero nunca termino de saber dónde he guardado el anterior en el momento en que uno nuevo debería sumarse a la colección incipiente y trunca. Si reuniera media docena de diferentes libritos, tendría en mis manos una muestra de qué poemas les gustan a sus vendedores, dato que me interesa bastante, pero no lo suficiente como para poner más dedicación en el asunto.

El otro día, cuando menos lo esperaba, apareció un chico repartiendo libritos diferentes. No les había puesto precio, sino que aceptaba lo que se le diera a cambio; la rapidez con que están obligados a trabajar los vendedores de subterráneo no me permitió averiguar si todos eran iguales. Alguna vez volveré a encontrarlo. De todos modos, tengo uno.

Es un cuadrado de ocho centímetros de lado. Incluidas las tapas, son doce páginas escritas, resultantes de la impresión del frente de dos hojas divididas en seis áreas luego plegadas y separadas por unos cortes. Si se hubiera impreso frente y dorso, habría sido más difícil combinar los textos. O sea que el proceso de fabricación incluye la fotocopia de dos hojas, luego cortadas en pedazos idénticos, plegadas y abrochadas al medio. Pero lo más interesante es la encuadernación. Sobre la primera y la última hoja el autor/productor pegó fragmentos de fotos de revistas ilustradas, de modo tal que cada librito tiene tapa y contratapa diferentes. En el mío se ven los torsos de dos bailarinas o contorsionistas de aire oriental, dos mujeres de pelo gris muy corto y mallas decoradas. Adivino que son del Cirque du Soleil. La incongruencia entre las fotos de las tapas, que conservan el brillo del papel ilustración y los colores bien impresos, con el blanco ya un poco ajado y el gris desvaído del interior, resulta del extraño encuentro entre una imagen periodística “cuidada” y un interior que responde al estilo pobre y duro de la fabricación casera.

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El conjunto no es muy prolijo; parece más bien un ejercicio manual hecho por alguien que no tiene la destreza de cortar y pegar pero que cree que sus textos no pueden circular completamente desnudos. Los poemas no son extraordinarios, pero tampoco triviales; el tono oscila entre el romanticismo negro, la crueldad y el lirismo desesperado típicos de la poesía escrita en la adolescencia, cuando el que escribe no es un bobalicón sino un pesimista radical. No voy a citarlos ahora porque el libro, que no tiene título, lleva escrita a mano la siguiente leyenda: “© 2008. Nahuel T (autor). Todos los derechos reservados. Prohibido por ley su copia y/o difusión”. No copio el apellido completo porque no estoy segura de entender la grafía. Me parece un detalle sencillamente extravagante y también, aunque no se haya buscado ese efecto, irónico.

el globo y el pez

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no pueden estar juntos